¡No se le puede pedir peras al olmo! De la misma forma que nadie duda ante tal evidencia, igual sucede con la obligatoriedad de tener… ¡buenas ideas!. La cuestión no es plantearse si tenerlas o no… ¡las necesitamos!. Estas son las verdades para que la máquina de crear ideas, el cerebro, se ponga a trabajar, a “cocinar”. Basta con animarse crear un plato: ordenar los ingredientes, elaborarlos y disfrutar del resultado… ¿Alguien sabe cómo hacerlo? Ahí van unos consejos.

Tener “buenas ideas” ajustándonos a la tesis del pensamiento lateral puede ser algo innato, espontáneo en un individuo o en cualquier empresa, tal y como postulan Philip Kotler y F. Trias de Bes en su obra “El marketing lateral”. Hay que poner el corazón, la mente y la ilusión para tener posibilidades de éxito, ya que es poco probable que surjan por azar.

¿Cuál es la situación? La evidencia de que muchas empresas, familias e individuos necesitan ser diferentes, originales, para progresar. Pero sucede a menudo que las propias organizaciones, en algunos casos por absolutismo y, en otros, por que los individuos sólo se fijan en el mundo exterior, dejan de pensar en sí mismas; En el lado opuesto, encontramos a muchas otras empresas, las que “sólo se miran a sí mismas”, creyéndose autosuficientes en el uso de su saber hacer, sin consensuarlo con fuentes expertas en el análisis del éxito del buen hacer, desde una perspectiva con más horizonte.

Reconocerse, ser conscientes de cómo somos y de si ello nos motiva a evolucionar y buscar “la idea”, es cuestión de tiempo y método… Se trata de estimularse uno mismo para conformarnos con lo que tenemos e ir siempre un paso más allá. 

Pero, ¿cuál es el proceso del individuo que necesita tener ideas? en primer lugar, hay que aprender habituarse a encerrarse cognitivamente en uno mismo; observar el mundo exterior y no dejarse influenciar por él; crear un escenario original en los que los actores, sujetos y circunstancias deben de ordenarse para el bien deseado. Piensa, desea, ordena… y ejecuta.

Las buenas ideas, las singulares, las “ideas laterales”, son propias de quienes en primera instancia necesitan crearlas. Hay que emplear un juego detectivesco para hallarlas, pero más que un trabajo duro, es un juego inteligente, original y con un toque de pillería, basado en observar desde el conocimiento todo lo que circula a nuestro alrededor.

No ladrar a tu entorno, no estar malhumorado, rabioso… si esto sucede, es el síntoma que indica que uno no está en el escenario ideal para el proceso creativo.

Al final, uno consigue reírse a carcajadas: “¿Cómo he podido ser tan tonto y no haber pensado antes algo tan sencillo?”. Se trata de la epifanía del pensamiento lateral: ¡haber atrapado lo insospechado!