El conocimiento se ha convertido en una palabra constante y permanente a la hora de hablar de la competitividad de las empresas. Desde diversos campos y disciplinas, se insiste en que el conocimiento tiene un rol central en la razón de ser, definición, funcionamiento, y actuación de las empresas. Pero, a medida que se insiste, también aumenta el deseo de clarificar cuál es el papel del conocimiento, y qué pueden hacer las empresas para facilitar la competitividad en una economía basada en él. Una economía que pone el acento en la educación y la formación, el diseño y la creatividad, el papel de las tecnologías de la información y la comunicación, el aprendizaje, la adaptación y la flexibilidad organizativa, los trabajadores del conocimiento y los nuevos emprendedores.

Las empresas han de hacer frente a enormes presiones para explorar nuevos conocimientos y explotar los ya existentes, para convertirse en “organizaciones de aprendizaje”, para maximizar la innovación y la creatividad, ser más ligeras, flexibles y adaptables. Pero ¿cómo deben responder? ¿Han de focalizarse en su core business o desarrollar competencias nuevas? ¿O evolucionar las rutinas existentes? ¿Deben crear nuevo conocimiento o aplicar el ya sabido? ¿Han de invertir en I+D, en tecnologías de la información y la comunicación, en conocimiento codificado, en nuevos proyectos? ¿Deben focalizarse en el conocimiento tácito, en las habilidades existentes, en el aprendizaje a través de la acción, en la formación continuada? ¿O en alinear y coordinar el conocimiento distribuido alrededor y más allá de la cadena de valor de la empresa? ¿Deben gestionar el conocimiento de forma más centralizada, o experimentar con coaliciones temporales, estructuras jerárquicas múltiples y la gestión del conocimiento descentralizada?

Ante todas estas cuestiones, hace falta desarrollar una visión de la práctica del conocimiento en las empresas. Y sobre todo, hacerlo ampliando la comprensión actual sobre lo que la gente conoce y hace en las organizaciones -para decirlo de una forma más precisa- conectando el “conocimiento” y “la acción de conocer”. Esto, debería permitirnos llegar a un entendimiento “razonable” de los mecanismos que impulsan la formación, la acumulación y la circulación de conocimiento dentro de las organizaciones.

Para los interesados en estos temas, son recomendables dos interesantes trabajos: Architectures of Knowledge, de Cohendent y Amin (OUP, 2004), y Enabling Knowledge Creation, de Von Krogh, Ichijo i Nonaka (OUP, 2000). Ambos reflexionan sobre los espacios de generación y transferencia de conocimiento en las empresas. Dicho de otra forma, son trabajos que tratan de identificar los procesos por los cuales las empresas aprenden e innovan.