Neuroeconomía es ponerse un traje nuevo ante los demás para despertar su objetividad ante la toma de decisiones en cuestiones económicas, con serenidad psicológica. El estado más avanzado de su aplicación es utilizar al máximo las posibilidades cognitivas para la toma de decisiones, con un mínimo de datos y de una forma rápida, sin alterar el orden personal del colectivo empresarial.

Nada cambia si las cosas se observan siempre desde el mismo ángulo. El hombre evoluciona, utiliza cada vez más sus facultades de raciocinio, y acumula mayor conocimiento. También el entorno cambia con gran velocidad, lo que se traduce en más variables y una mayor necesidad de rapidez de respuesta en la toma de decisiones. Por ello, es conveniente ordenar el sistema psíquico y adecuarlo a los tiempos que corren.

Pensar neuroeconómicamente… ¡mucho concepto para sólo una mente! Sin embargo, lo hacemos cada día, numerosas veces. Esquivar los problemas o asumirlos y solucionarlos, es un habilidad que debemos practicar para salir airosos en nuestro trabajo. Si lo conseguimos, es que ya estamos aplicando la Neuroeconomía.

La situación en los mercados, en las empresas y en la sociedad ha cambiado. Ya lo dice Cesc Elias i Miralles - emprendedor ágil y con ideas avanzadas-: “hay que provocar a las situaciones para hacerlas nuestras”. No se inventa nada que no sea necesario inventar. En el fondo, todo está en nuestro potencial mental, sólo se trata de saber extraerlo. Pensar con efectividad y de forma rápida, nos ayuda a obtener lo mejor de nosotros mismos, nos ayuda a ser felices.

El individuo toma decisiones en función a las condiciones de su cerebro. No hay decisión sin datos que nos guíen. Por puro instinto de conservación, toda decisión tomada debe conducirnos a una estabilidad emocional positiva. Éste es el fin de la Neuroeconomía, además de facilitar la gestión en la toma de decisiones. Para ello, basta con aplicar las neurociencias, la economía moderna y la psicología práctica.

O sea, cerebro, reglas y alma. Sí, ¡Neuroeconomía!