Albisola (16)

Sabemos como pensamos, pero no para que pensamos como su fin eterno. Al menos esta es mi inquietud…  El envejecimiento físico no es una enfermedad que puede ser curada definitivamente, es un desgaste imparable de la material que tiene la misión de alojar el cerebro donde se hospedan mientras se vive, las intangibles emociones relacionadas con la supervivencia como son la ansiedad, miedo, ira, tristeza o felicidad. La toma de decisiones es un acto que las personas ejercen para dar respuesta a estímulos ante necesidades. Una decisión pueden modificarse en función a la situación que analiza la biología de la mente racional o instintivamente la inteligencia adaptativa.

Cuando de trata de sobrevivir ante los acontecimientos que someten nuestra libertad todo vale para lograrlo. Rechazar el beneficio inmediato a cambio de tener un beneficio mayor a largo plazo es una deliberación racional que el cerebro elabora en la región prefrontal , zona asociada al placer sensorial. Si la decisión es de “ahora para ahora”, eludiendo posibilidades futuras es en otra parte distinta del cerebro donde se realiza el juicio decisorio emocional en el mesencéfalo y está vinculada la respuesta a una estimulación de dopamina, que es una hormona y neurotransmisor. En el caso que la decisión la queremos basar en la experiencia que tenemos en forma de memorias en el cerebro, se produce una fuerte actividad en el hipocampo, y en la corteza prefrontal dorso lateral. El conocimiento de la biología en la función del cerebro, cada vez más permite conocer qué y dónde se activa para establecer juicios decisorios. Esta actividad cognitiva está dirigida al bienestar evolutivo. “Hago esto hoy, pero además puede repercutir en mi futuro”. Siempre hay un futuro incierto que se forja con los actos decisorios que cada persona ejecuta, porque lo que se piensa, pero no se hace, no lo altera. Todo este conjunto de actividades cognitivas forma el sistema dopaminérgico, como el encargado de las decisiones ante las recompensas en la vida.

La decisión de vivir y como hacerlo, depende de los acontecimientos que de forma aleatoria y en algunos casos predecibles, inundan el sistema cognitivo como un tsunami de circunstancias cambiantes, inesperadas y sorprendentes que surgen en la convivencia diaria en los distintos anillos: familiar, profesional y social. Tres focos de salida de acontecimientos que pueden poner en el disparadero emocional a cualquiera de los mortales. La neuroeconomía empieza a estudiar que es lo que sucede en la mente de una persona ante la toma de decisiones del índole económico y la mente tiene que evaluar alternativa que nos pueden beneficiar o perjudicar. También en la psicología cognitiva se estudian la formación de razonamientos lógicos. Y con la neuroteología como las experiencias religiosas estimulan parte del cerebro. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿qué hacemos en esta vida? y ¿que parte controlamos realmente de la misma?.

Nada se sabe, de para que estamos en la vida y cual es la función de cada ser antes del acabar muriendo. Lo más cercano a este misterio, a mi entender, es que como seres vivos formamos parte de una cadena en que el cerebro de cada uno participa asignando valor a las cosas, con la misión de generar nuevo material genético antes de desintegrarnos.

Las circunstancias de muchas personas ante su situación de sobrevivir el mayor tiempo posible, solo puede tener la recompensa de hacerlo con la mejor calidad de vida material que esté a su alcance. En estas circunstancias, las buenas decisiones son aquellas permiten tener beneficios emocionales “hoy y ahora por poco que sea, más que lo mejor si es para un mañana”. El miedo a la desintegración de nosotros mismos, solo tiene la esperanza de que permanezcan en algún estado espiritual esas emociones intangibles en forma de pensamientos que son al fin y al cabo los único que somos como personas humanas.

En momento decisorios complicados, impulsa el valor para las decidir ayuda si se hace con una predisposición de humildad, la armonía y afecto. La energía de la vida es lo que nos valoramos a nosotros mismos y lo que los demás valoran de nosotros, como emociones intangibles, que la final es lo que se aprecia.