Neuroeconomía: Neurociencia + Economía + Psicología
Para resolver problemas que aparecen en el management del margen en las empresas, como ¿por qué cuando tenemos que tomar una decisión dudamos de cuál es la mejor o la menos mala ante la media docena de posibilidades?, o ¿por qué cuando estamos deprimidos y tomamos decisiones luego nos arrepentimos de la opción elegida? Y normalmente hacemos lo previsto, lo previsible, y perdemos la oportunidad. Actuamos con la mente humana,
que tiende a dejar de lado los rasgos más ásperos de la realidad, intentamos ajustarnos a los límites que conocemos y no nos salimos fácilmente de los eventos o situaciones que conocemos.
Puede que nosotros no tengamos la respuesta, pero la ciencia –y también los analistas de resultados– empiezan a tenerla. Se llama neuroeconomía, una rama científica que está conociendo un espectacular avance y cuya base es que la mayor parte de nuestras decisiones para resolver problemas no se toman de forma racional, sino de acuerdo con factores principalmente emocionales.
“La neuroeconomía es la combinación de la neurociencia, la economía y la psicología para estudiar el proceso de elección de los individuos. Analiza el papel del cerebro cuando los individuos evalúan decisiones, y categorizan los riesgos y las recompensas y cómo interactúan entre ellos […] la neuroeconomía es la rama que se centra en las elecciones personales y en los cambios mentales-cerebrales que son las decisiones.”
La toma de decisiones, sabiendo su anatomía, puede ayudar a tecnificar la actuación sobre la misma para evitar las consabidas situaciones de: ¿tendría que haber…?, ¿debería…?, ¿si hubiera…?
Para gestionar el margen, además hay que saber “pilotar la salud”, ya que toda la función cognitiva depende de la conciencia.
Debemos conocer su trazabilidad para poder llegar a ser protagonistas de los mecanismos que realizamos de forma natural. Un ejemplo aclaratorio puede ser, como explica Carrión, desde la percepción de un simple dato a una decisión:
¡Yo!, cuando… “veo” una cifra, y “entiendo” su significado, y, si este afecta a mis intereses, entonces nace en mi mente una emoción, estímulo cognitivo, que denominamos en “pilotos del margen” como hook. Éste se ancla en mi cerebro en la zona denominada hipocampo y, si realmente me interesa, —el valor o concepto del dato—, progresa el efecto emoción hasta la amígdala, —zona con forma y tamaño de una almendra— (sí, mi amiga la “almendra”).
Esta parte del cerebro es la que decide, en función de mi interés o necesidad, si dicha emoción la transforma en un pensamiento, que encierra el mensaje de lo que he razonado en este momento, en este presente.
Si el pensamiento es la petición de una decisión, mi mente se pone a elaborar —“a cocinar”— el pensamiento, recurriendo a otras partes del cerebro donde hay almacenados pensamientos antiguos referenciados con la situación que ha provocado el estímulo inicial. El proceso del pensamiento continúa y busca, en el inconsciente adaptativo, si ya tiene conclusiones anteriores o un rechazo instintivo. La parte operativa está situada en el lóbulo frontal del cerebro, y si existe experiencia en forma de conocimiento y se capta entre toda esta información, se crea el pensamiento consciente. Nace la respuesta a la situación. ¡Se pronuncia la decisión!
La estrategia del pensamiento consciente llega más lejos: “pensamos en lo que hemos aprendido y terminamos por elaborar una respuesta”.
En la toma de decisiones ante el objetivo margen, están nuestras actitudes conscientes. Es lo que decidimos creer. Son valores establecidos, a los que solemos dirigir nuestro comportamiento de forma deliberada. También se encuentra ahí nuestra actitud en el nivel de inconsciencia: las asociaciones inmediatas, automáticas, que nacen incluso antes de que haya dado tiempo a pensar.
Imprimir - 22 Mar 2010 Miguel Carrión


José Miguel Pueyo
Quizá el doctor Antonio Damasio ha olvidado que lo que afirma, algo al menos y no trivial, no es suyo sino de Freud. Así puede leerse en La Contra de «La Vanguardia», Sábado, 9 de octubre de 2010, “Hemos inventado la otra vida como paliativo para el dolor causado por esa destrucción del vínculo entre humanos…” Freudiano, demasiado freudiano, como diría el filósofo bávaro que no quiso serlo, Friedrich Nietzsche, pues esa idea se recoge en El malestar en la cultura, 1929 (1930) del primer psicoanalista. Damasio, a imitación de Michel Onfray, y tal vez en el anhelo también de hacerse un nombre, se atreve con una obviedad de peso y un no menor error epistemológico, “Freud fue pionero en la investigación del inconsciente, aunque el psicoanálisis no sirva para curar una enfermedad mental grave”, afirmación que recoge su creencia en las virtudes de esa nueva entelequia que responde al nombre de Neuropsicoanálisis.
Lo peor, empero, no procede de las neurociencias. Se trata siempre, como es habitual en el devenir de los hombres, de sus agentes. Es decir, proviene de aquellos que no han sabido, no han podido o no les ha interesado separar la ideología que caracteriza a las concepciones del mundo, cobijadas en el rubro de la ciencia o en la filosofía, de la singularidad del sujeto. Es conocido el número, no mayor, de los que han superado el discurso del amo, esto es, la imposición de ideales, ya sean en forma de ideas o de objetos, al otro. El saber de amo está destinado a obviar la causa del malestar y la responsabilidad del sujeto en aquello de lo que se queja. La demagogia es veneno que se traga sin agua, así es en no pocos casos. La culpa neurótica suele ser entusiasta del discurso del amo, no pocas veces lo aplaude, es su abanderada. Razones hay para ello, casi siempre inconscientes y, en ocasiones, no tan loables como sin duda ese mismo sujeto desearía. Pero siempre, he aquí lo subrayable, se elude la verdad de la novela familiar, también la del ideólogo, en favor de las imposiciones del Bien Supremo que se entiende necesario para el afligido, angustiado y/o inseguro sujeto. El pensamiento del prestigioso neurólogo portugués sin duda es otro, diplomático como es bien conocido, pero no por eso permite, así lo creo, que advenga la verdad del Otro, el decir del inconsciente que habita al sujeto descubierto por Freud. En cualquier caso, apostar sin más por los genes, los neurotransmisores o las técnicas cognitivo-conductuales (TCC) es hacerlo por el antihumanismo, evidencia de lo cual es la patética reducción que se hace de sujeto humano.
El narcisismo y las identificaciones edípicas no resueltas, sin entran en factores más prosaicos, determinan la actividad del amo antiguo y moderno, de cuantos proponen lenitivos de toda clase y condición, desde estimulantes hasta la religión pasando por el yoga, el deporte y el arte, esto es, apoyaturas denunciadas por Freud en el texto mencionado. Ese modo de proceder muestra a las claras la frivolidad clínica, epistemológica y ética del amo, pues más pronto que tarde los paliativos se revelan lesivos para la inteligencia y la vida afectiva y aun de relación del sujeto que ha puesto su malestar en manos del ideólogo, en manos de un individuo que si algo conoce bien es dar la espalda a la verdad de la historia del sujeto que tan humanitariamente pretende defender.
Suprimir al psicoanálisis es exterminar al sujeto, y, por lo mismo, opino que no es prudente y sí grave temeridad dejarse mecer por quienes se llenan la boca con la materialidad biológica o con discursos que exudan demagogia, peroratas que, en ocasiones, no queriéndose religiosas no logran transcender el imaginario saber que conforma no poco de lo que se conoce como cultura.
Amigo Miguel. Cuando se toma una decisión, según mi criterio, no debemos arrepentirnos tras su ejecución, si, no lo hemos hecho antes de tomarla.Posteiormente no sirve de nada. Alfonso