_ distanciaMucho de lo establecido ya no vale o está en tránsito de obsolescencia. Lo que hoy tenemos se ha creado en base al conocimiento disponible, al que tenemos cada uno en nuestra mente que se ha formado viviendo experiencias y emociones. Crear nuevas cosas que no existen pueden ser inventos imaginados por la parte racional e instintiva de la mente humana, pero obviamos esta forma de razonar y solo empleamos la posterior de la mente (energética o suprarracional), se supera el racionalismo y surge un estadio humano que permite la innovación, creando ideas nuevas, cosas que generen valor a la Administración pública.

Los tipos o formas de innovar, (haciendo malabarismos racionalistas), se pueden tipificar en tres: Incremental; Radical; Disruptiva. La primera surge vinculada o colateral al proceso de mejora continua, la segunda discurre creando nuevos conceptos y categorías en productos o servicios para el ciudadano o para mejorar el costo de las organizaciones. Pero la más rompedora, la tercera, emerge al crear nuevas normas de juego, en proponer nuevas cosas nunca imaginadas antes, que es justo lo que la sociedad demanda: romper cosas inútiles y crear valor público. Cuando la mente al discurrir para crear acciones de mejoras o cambios se basa en el conocimiento conocido, el de los pensamientos fijados en la mente, se pone como techo solo llegar a desarrollar en el mejor de los casos innovación incremental y/o radical. Lo racional limita el progreso, es más de lo mismo.

En el caso de la Administración pública, que como definida función tiene la facilitar la vida a los ciudadanos para que sean lo más felices posible, aparecen muchas oportunidades y la necesidad de innovar. También para que se puedan crearse puentes que permitan cambios, tanto para evolucionar de la forma más inteligente posible en volver al orden justo, el poder informal del cual gozan algunos empleados públicos siendo una barrera para la eficiencia. Acción prioritaria para poder pasar a la eliminación y transformación de múltiples servicios que demanda sociedad y proceder a dar paso a potenciar la ética profesional necesaria para romper las barreras, que bien define Víctor Almonacid[1], la ética y la voluntad de cambio de los funcionarios es imprescindible para demoler cada una de estas siete barreras: La de “siempre se ha hecho así”, base demoledora de muchas iniciativas de progreso; La “jurídica” con sus perfeccionismos paralizadores; La “burocrática” que se ha quedado anclada el siglo XX; el “hiperformalismo”; La “lingüística”; la del “trato personal” y la “económica” como coste para la ciudadanía en la obtención de información pública.

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